«¿Qué hace ahí ese hombre plantado día y noche frente a nuestra casa: qué demonios quiere?”
Vivimos en una Cultura donde la competencia juega el papel de fundamento económico.
Las relaciones sociales en ella están desprovistas de elementos afectivos: el individuo se ve empujado a rivalizar con otros para superarlos y apartarlos de su camino hacia el triunfo.
Por eso mismo «los otros» no resultan fiables: son competidores, enemigos potenciales. Suelen presentarse como figuras amenazadoras así que lo mejor, de entrada, es desconfiar de ellas, esconder nuestras debilidades para evitar las agresiones de un posible medio hostil.
De ahí que no llegue a existir una comunicacíòn auténtica con los demás. Incluso cuando más solos nos sentimos, más temerosos,…. más esquivos nos mostramos con ellos.
El entorno frío, inseguro, ruidoso que nos rodea acaba haciéndonos sentir aislados: por ello acudimos al refugio de lo privado, de lo íntimo, algo familiar donde encontrar sosiego y calor humano.
De todo eso va UN LIGERO MALESTAR.



